abril 13, 2021
En este capítulo reflexionamos sobre la importancia del presente y de cómo nos afecta el pasado y el futuro en nuestra paz interior

Respiro la dulzura del momento. Calma. Plenitud.
La ciudad sigue moviéndose con su ritmo pautado de semáforos y coches.
La vida se expresa de mil formas. Late, susurra, empuja, rechina, frena, ríe, acelera.
Cada momento es único.
Nada es nuevo

El Zen habla de vivir el momento presente. En el día a día solemos desplazarnos entre el pasado y el futuro por medio de nuestros pensamientos y emociones por medio de nuestras memorias, nuestros miedos y nuestras expectativas, y muchas veces por causa de estos pensamientos y emociones nos llenamos de angustia y perdemos nuestro centro.

Buscamos, en nuestra película mental, cambiar constantemente las historias que vivimos, pero terminamos desgastados ya que por más que lo intentemos nuestro recuerdo permanece por más que tratemos de reinterpretarlos y encontrarle nuevos significados terminamos reviviendo las emociones que sentimos en aquella ocasión por el simple hecho de volver a pensar en lo sucedido. Cada vez que nuestra memoria recupera el registro de un acontecimiento, todas las conexiones neuronales asociadas a dicho registro se activan; y cada vez que esto sucede, el camino se refuerza.

Los recuerdos son parte de lo que conforma nuestra personalidad, nuestra esencia, sin embargo, cuando los recuerdos nos invaden de forma constante nos terminan enfermando. De forma natural, la memoria nos ayuda a guardar las vivencias importantes para nuestra experiencia y supervivencia en la Tierra. La memoria es una función adaptativa de la mente. Nuestra capacidad de reflexionar sobre nuestros recuerdos complica las cosas. Por ello, lo importante es lo que hacemos con nuestra memoria. ¿Vivimos apegados a sus contenidos? ¿Somos capaces de sentirnos libres, en la conciencia de lo vivido?

Vivir en el instante presente no significa olvidar ni menospreciar los recuerdos. Vivir el instante presente significa ubicarse en el aquí y en el ahora, aceptando los recuerdos que llegan y dejándolos pasar sin permitir que nos arrastren; significa tener objetivos y la forma en que los desarrollaremos, para no vivir en las expectativas y temores, sino con la certeza de hacia dónde estamos caminando en ese eterno presente donde todo ocurre.

Quien no tiene objetivos no da una dirección a su energía y siente en un momento dado que sus fuerzas se han dispersado y que su vida no tiene sentido. Aquel que logra reunir sus fuerzas en una dirección dará lugar a un acto de creación, transmutando dicha fuerza primordial en una obra concreta.

La vida, sin embargo, es mucho más que una serie de objetivos cumplidos o por cumplir, para realmente poder llegar a la realización personal es necesario poner esa visión que tenemos del mundo al servicio de algo más grande que nosotros mismos para no terminar con una sensación de amargura y desolación.

La persona que logra anclarse interiormente a este espacio presente se siente libre del pasado, aún recordando y rememorando los hechos. Del mismo modo, se siente libre proyectándose hacia el futuro, pero sin la angustia de lo desconocido. Esto significa posicionarse de forma muy diferente a la habitual, es aceptar lo inaceptable: no tengo el control de todo.

El ubicarte de esta manera no es caer en el pesimismo de quien resignado piensa que no puede hacer nada para cambiar su suerte o sus circunstancias, es buscar tener el control de aquello que si podemos controlar, dejando pasar y aceptando aquello que no está en nuestro control, sin causarnos culpas ni sentirnos presionados por las expectativas de otros o de nuestro propio inconsciente.

Sentado en tu postura de meditación ábrete a las sensaciones. Ábrete al mundo exterior: escucha lo que se oye en este momento. Huele los olores que te llegan en este momento. Observa, sin moverte, lo que ves. Observa cómo la luminosidad cambia cuando hay nubes que pasan.

Ábrete a tu mundo interior sin perder la conciencia del exterior: toma conciencia de tus sensaciones corporales. Siente el ritmo de tu respiración. Observa tus crispaciones. Tus dolores. Observa tus emociones. Tus pensamientos.

No te juzgues ni juzgues tus pensamientos, solo déjalos ser y déjalos ir, permítete estar en el instante presente y date cuenta que no eres tus pensamientos, ni tus emociones, enfócate en sentir, no intentes reflexionar, tan sólo siente.

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