abril 16, 2021
En este capítulo abordamos el desapego desde cómo nuestra mente y nuestras emociones nos llevan de forma sana o insana hacia él.

Se diría que no te importa mucho perder tus hojas. Yo, por el contrario, tengo miedo a cambiar, a perder lo que poseo. ¿Un árbol envejece? Sí, claro que sí, pero no tiene miedo de arrugar su corteza, ni de perder sus ramas secas… simplemente sucede.

El sentarse en silencio, buscando practicar el Zen es practicar el Desapego, es buscar desprenderse de todo lo que no soy yo, dejar al lado nuestro Ego y conectar con el todo, donde somos todo y a la vez no somos nada, donde lo importante es el momento presente más allá de aquello que poseemos y nos posee, más allá de las cadenas que hemos ido formando en nuestro proceso de endoculturización.

Si olvidamos, como suele suceder al paso de los años, perdemos esa parte nuestra que es la raíz de la intuición, del instinto de supervivencia, del deseo carnal. Perdemos nuestra animalidad y, al hacerlo, toda esta parte pasa a nuestro inconsciente, expresándose por medio de proyecciones y actos fallidos.

En la construcción del yo social hay una gran parte de temor:
Miedo a no se reconocido
Miedo a no ser aceptado
Miedo a no ser suficientemente bueno, inteligente, hábil, triunfador…
Miedo al fracaso
Miedo a no ser amado
Miedo a ser abandonado
Miedo a envejecer, al sufrimiento, a la muerte
Etcétera…

Estos temores obligan a adaptar una forma de ser que busca protegernos. Pero… ¿Quién hay más allá del yo social, del yo construido? ¿Quién aparece cuando no hay miedo? Aparece un ser libre que Es.

Esto es lo que busca el Zen, alejarnos de esos miedos y temores, para empezar a realmente Ser, para conectarnos con esa parte que realmente somos, por medio de esa práctica que nos va llevando poco a poco hacia ese objetivo.

Los miedos nunca van a desaparecer, forman parte de nuestra esencia, así que no podemos aspirar a dejar de tener miedos, hay que aceptar cada parte de nosotros, de nuestras luces y nuestra oscuridad, de nuestra forma de buscar adaptarnos a la realidad y sobrevivir a través de nuestra historia de vida y nuestro entorno.

Somos más que un Yo construido, pero ese Yo construido también es parte de nosotros, se trata de entender y aceptar a amabas partes, a la parte que somos por naturaleza y a la parte que construimos para poder sobrevivir.

Se debe tender a que el ser social esté al servicio del yo real. Ese es el fondo de la práctica Zen, buscar que nuestro ser que hemos creado nos ayude a vivir con esa plenitud, en lugar de que nos estorbe para poderlo hacer.

El Zen nos entrena en situaciones en ese silencio del instante presente que es el camino al verdadero desapego. Para empezar debemos observar los pensamientos que llegan, no seguirlos, dejarlos pasar igual que las nubes que pasan por el cielo azul. Con las emociones hay que hacer lo mismo, dejarlas pasar.

Las emociones son reacciones naturales de supervivencia, son esa parte que nos dice de que debemos alejarnos para evitar el dolor y a que debemos acercarnos para buscar el placer; pero nuestra mente y nuestro entorno van asociando los eventos de nuestra experiencia a algunos estados emocionales, transformando la emoción en sentimiento.

Nuestro pensamiento no es malo, no debemos caer en la trampa de considerar que «no se debe pensar». Esto, además de inútil es absurdo, porque somos animales diseñados para pensar, para razonar.

Pero si debemos comprender como se entrelazan las emociones y los pensamientos para poder soltarlos, para poder desapegarnos de ese Yo construido socialmente.

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